jueves, 21 de noviembre de 2013

Prestige

Prestige, ese era el nombre.
Lo teníamos olvidado, sepultado en nuestra conciencia en ese punto donde guardamos la ceguera selectiva.
Ese lugar oscuro donde nos obligamos a no mirar mas que con las manos en la cara, los dedos entreabiertos.
Recordamos inesperadamente como nuestras lágrimas se fueron fundidas en negro, negro chapapote.
Como una marea humana hizo que le salieran los colores a los de siempre, a los que en un acto de ironía fatal aún llamamos "responsables".
De pronto alguien dice en el telediario que nadie es culpable, o si acaso sólo un poquito, la puntita nada más.
Y a todos nos entra la zozobra (observen el astuto juego de palabras) del barco zozobrado.
Y pataleamos sobre el parquet recién acuchillado y las alfombras persas.
Sobre el gres porcelánico de la cocina.
Decimos a propios y extraños que es una vergüenza.
Y nos preguntamos cómo puede ser. 
Por qué no nos echamos a la calle, antorchas y tridentes en mano para quemar al ogro de turno. 
Cómo seguimos aguantando estoicamente el siguiente pisotón sin gritar "Árbitro, penalti y expulsión". 
Por qué no cogemos un cartucho de dinamita en cada mano y salimos a volar ministerios.
Cómo no nos echamos al monte con un palo y una lata y que le den por donde se empiezan los cestos al mundo.
Es muy fácil. Somos así.
No lo podemos evitar, es nuestro destino, somos unos auténticos gilipollas (y no se ofendan, no les conozco a todos).
El país que echó a Napoleón y trajo a Fernando VII al grito de "Vivan las cadenas".
Nos va la marcha. Nos quejamos en la puerta. Hablamos mal del vecino en cuanto se vuelve. 
Nos planteamos votar a la ultraderecha, pero no somos racistas. 
Nos ponemos verdes todos los días por no ponernos uno colorados. 
Hicimos de lo políticamente correcto un acto de fe. 
Tuvimos un ministerio de Igualdad (luchar por la paz es como follar por la virginidad, no se si me captan)
No tenemos orgullo, ni de nación ni personal y hemos convertido algo hermoso (toda esa gente. llegando de todas partes a ensuciarse las manos y el alma...) en una mueca asqueada en la cara de nuestra sociedad.
Así que a joderse y a callar la puta boca.

domingo, 17 de marzo de 2013

Te veo hace un año y no sabías mi nombre...

Hace ya un año el miedo a la realidad y mi falta de sensibilidad (no sentía nada) me hizo dejar de publicar.
Me pasé un año plastificado, a ver si todo me resbalaba.
Estuve bajo mi cama, tapado con una manta.
Y ahora, 400 días más tarde todo sigue igual.
El mundo no terminó.
La crisis no terminó.
La guerra sigue en algún sitio, y a mí no me importa porque el telediario no me salpica.
Las libertades empiezan a ser un extra en la lista de accesorios no de serie, si tienes dinero para pagarlas.
La gente se divide entre corruptos y los que no tienen opción de serlo.
En la tele, los noticiarios abren anunciando que nieva en invierno y las carreteras se colapsan.
Los periódicos siguen disparando a quien les dicen. Las cortinas de humo están al orden del día.
Rajoy nos llama imbéciles a la cara y eso cuando sale en persona.
En ocasiones delega en otras para que lo hagan por él.
Vamos a trabajar toda la puta vida y a veces hasta cobrando y todo...
Es importante no pensar, no criticar, no tomar decisiones, no enfrentarse a nada.
Obedecer, callar.
Los monos de Gibraltar reemplazan al escudo en la bandera.
No ver, no oir, no hablar.
El Papa es el único que tiene la decencia de dimitir.
Nadie se moja.
Los únicos que se tiran a la piscina son los cutre-famosos, pero sin aliciente. 
No hay tiburones, ni pirañas, ni un triste cocodrilo como en Peter Pan...
Y todo esto me quita las ganas de escribir, de comer jamón del bueno y beber vino cosechero.
De ver películas en blanco y negro, de escuchar Jazz por que sí.
Sin embargo y lamentablemente mi acceso a la dinamita está muy restringido.
Podemos dormir tranquilos.

lunes, 27 de febrero de 2012

El fin del mundo como lo conocemos

Esta entrada tiene banda sonora de REM (The end of the world, as we know it...)
Ahora que la SGAE esta en la cárcel, podéis descargarla con total impunidad, a menos que el FBI y los amos del mundo os cierren el chiringuito, como a Megaupload.
Y es que el tiempo pone las cosas en su sitio...
Como nos ha puesto a todos.
Todos fuimos "El Hombre que pudo reinar" como en la película de Michael Caine y Sean Connery.
Pero de pronto nos caímos con todo el equipo y descubrimos que no teníamos ni para pipas.
Que la filosofía de "a mi póngame, de lo más caro, DOS" no nos llevó muy lejos.
Y ahora echamos la culpa a los políticos (tan majos ellos y preocupados por los ciudadanos y las ciudadanas), a los banqueros (tan solidarios), al Rey, a Urdangarín, a Paco el Pocero y al lucero del Alba.
Nosotros no estábamos en el Media Market unas navidades comprando tecnología como para dotar una Central Nuclear.
Nunca fuimos a meternos una mariscada del copón entre pecho y espalda cada dos semanas.
No nos íbamos a Cuba, ni a Punta Cana, a Sanghai y Senegal de vacaciones sin conocer Cuenca.
Nunca financiamos el Audi o el BMW junto con el piso, por un poquito más de letra al mes.
No comprábamos en los mejores sitios al grito de "yo, de lo caro, que para eso lo trabajo".
Es mentira que dejáramos propinas de ministros en bares y restaurantes, donde agotábamos con fruición el whisky de malta.
No popularizamos la necesidad de llevar un teléfono en el bolsillo, para poder gastar dinero a lo bobo en vacuas llamadas sin sentido para decir "estoy llegando, ahora te veo"
Tampoco convertimos toda la tecnología, por inútil que fuera, en una necesidad insoslayable.
El coche no fue nunca una necesidad de afirmación personal y de tocarle los cojones al vecindario.
Nunca aprovechamos para fingir una baja y quedarnos en casa o irnos de farra.
No trabajamos un ratillo y solicitamos el paro otro ratillo para ir tirando, que "se gana lo mismo en casa que en el curro".
Todo eso y mucho más es mentira.
Por eso no somos responsables del fin del mundo tal y como lo conocíamos.
Nosotros sólo pasábamos por allí, oiga.