Prestige, ese era el nombre.
Lo teníamos olvidado, sepultado en nuestra conciencia en ese punto donde guardamos la ceguera selectiva.
Ese lugar oscuro donde nos obligamos a no mirar mas que con las manos en la cara, los dedos entreabiertos.
Recordamos inesperadamente como nuestras lágrimas se fueron fundidas en negro, negro chapapote.
Como una marea humana hizo que le salieran los colores a los de siempre, a los que en un acto de ironía fatal aún llamamos "responsables".
De pronto alguien dice en el telediario que nadie es culpable, o si acaso sólo un poquito, la puntita nada más.
Y a todos nos entra la zozobra (observen el astuto juego de palabras) del barco zozobrado.
Y pataleamos sobre el parquet recién acuchillado y las alfombras persas.
Sobre el gres porcelánico de la cocina.
Decimos a propios y extraños que es una vergüenza.
Y pataleamos sobre el parquet recién acuchillado y las alfombras persas.
Sobre el gres porcelánico de la cocina.
Decimos a propios y extraños que es una vergüenza.
Y nos preguntamos cómo puede ser.
Por qué no nos echamos a la calle, antorchas y tridentes en mano para quemar al ogro de turno.
Cómo seguimos aguantando estoicamente el siguiente pisotón sin gritar "Árbitro, penalti y expulsión".
Por qué no cogemos un cartucho de dinamita en cada mano y salimos a volar ministerios.
Cómo no nos echamos al monte con un palo y una lata y que le den por donde se empiezan los cestos al mundo.
Es muy fácil. Somos así.
No lo podemos evitar, es nuestro destino, somos unos auténticos gilipollas (y no se ofendan, no les conozco a todos).
El país que echó a Napoleón y trajo a Fernando VII al grito de "Vivan las cadenas".
Nos va la marcha. Nos quejamos en la puerta. Hablamos mal del vecino en cuanto se vuelve.
Nos planteamos votar a la ultraderecha, pero no somos racistas.
Nos ponemos verdes todos los días por no ponernos uno colorados.
Hicimos de lo políticamente correcto un acto de fe.
Tuvimos un ministerio de Igualdad (luchar por la paz es como follar por la virginidad, no se si me captan)
No tenemos orgullo, ni de nación ni personal y hemos convertido algo hermoso (toda esa gente. llegando de todas partes a ensuciarse las manos y el alma...) en una mueca asqueada en la cara de nuestra sociedad.
Así que a joderse y a callar la puta boca.